Los días posteriores al descubrimiento del nombre de Octavio fueron una mezcla de miedo y determinación. Yerald y yo habíamos establecido una alianza, una promesa silenciosa de que, pase lo que pase, enfrentaríamos juntos el peligro. Pero había algo más, algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. El recuerdo de aquel casi beso en la noche de la tormenta seguía latiendo entre nosotros como un secreto compartido.
Pero no podía permitirme distraerme. Lo más importante, lo único que realment