La noche después de la conversación en el despacho fue muy dolorosa. Las palabras de Yerald seguían resonando en mi cabeza como un eco que no se apagaba: "¿De verdad eres quien dices ser?" Había dado todo de mí, había compartido mis miedos, mis esperanzas, mis secretos. Y aún así, no era suficiente.
A la mañana siguiente, bajé al comedor con el corazón encogido. Thiago ya estaba desayunando con la niñera, y su sonrisa al verme fue como un bálsamo para mi alma herida. Pero la calma duró poco.
La