Los días siguientes a mi llegada a la mansión Pierro fueron un torbellino de emociones y descubrimientos. Mi abuela, Doña Adelaida, no perdía oportunidad de abrazarme, como si temiera que desapareciera si soltaba sus brazos. Thiago, por su parte, se había adaptado con una facilidad que me llenaba de asombro. Corría por los jardines, exploraba cada rincón de la mansión y había establecido una complicidad inmediata con su bisabuela.—Es igual que tu padre —decía mi abuela, observándolo jugar—. Tiene la misma curiosidad, la misma energía inagotable.Pero no todo era alegría. La sombra de Octavio se cernía sobre nosotras como una amenaza constante. Mi abuela había aumentado la seguridad, y yo me movía con cautela, consciente de que en cualquier momento el peligro podía materializarse.La primera semana, el abogado de la familia, el licenciado Fuentes, llegó a la mansión para iniciar el proceso legal que me reconocería como la legítima heredera de los Pierro. Pruebas de ADN, documentos not
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