El aire fresco de la mañana acarició mi rostro cuando crucé la puerta principal de la mansión. Mis pies se movían casi solos, llevándome lejos de aquel lugar que había sido mi hogar, mi refugio y también mi prisión. Pero antes de poder dar más de tres pasos, escuché unos pasos apresurados detrás de mí y una vocecita que gritaba mi nombre.
—¡Mireya! ¡Mireya, espera!
Me giré justo a tiempo para ver a Liana corriendo hacia mí con sus piernas cortas, despeinada y con los ojos llenos de lágrimas. La