El segundo día del juicio amaneció con una luz gris que se filtraba por las ventanas del tribunal. No era un día soleado. Era un día que parecía saber lo que estaba en juego. La sala estaba llena, los periodistas ocupaban cada asiento disponible, y el murmullo de las conversaciones se mezclaba con el crujido de los papeles.Ricardo ya estaba allí. Sentado en el banquillo, con las manos apoyadas sobre la mesa y una expresión que intentaba ser desafiante, pero que no lograba ocultar la tensión en sus hombros. Cuando nos vio entrar, esbozó una sonrisa, pero era una sonrisa vacía, sin calor, sin confianza. Sabía que algo se estaba moviendo en su contra. Solo no sabía cuánto.Andrés estaba a mi lado. Su mano sostenía la mía bajo la mesa, y aunque no hablábamos, sentía su presencia como un apoyo en medio del caos. Cada vez que el abogado de Ricardo levantaba la voz, él apretaba mis dedos. Cada vez que el fiscal mencionaba una prueba, yo sentía su respiración más profunda, más calmada. No es
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