El último día del juicio amaneció con una luz blanca y cegadora. No era un amanecer, era un aviso.
Las nubes se habían despejado durante la noche, y el sol golpeaba el asfalto con una intensidad que parecía burlarse de la tensión que se respiraba en el ambiente. Me quedé unos minutos frente a la ventana de mi habitación antes de bajar. Miré el jardín, el limonero, las sombras largas que la mañana todavía no había terminado de borrar. Respiré hondo.
Hoy era el día.
La sala del tribunal estaba ll