El segundo día del juicio amaneció con una luz gris que se filtraba por las ventanas del tribunal. No era un día soleado. Era un día que parecía saber lo que estaba en juego. La sala estaba llena, los periodistas ocupaban cada asiento disponible, y el murmullo de las conversaciones se mezclaba con el crujido de los papeles.
Ricardo ya estaba allí. Sentado en el banquillo, con las manos apoyadas sobre la mesa y una expresión que intentaba ser desafiante, pero que no lograba ocultar la tensión en