La amenaza de bomba había sido un intento desesperado de detener el juicio. Pero no lo consiguió. Al día siguiente, la sala del tribunal volvió a llenarse. Los periodistas estaban allí, los abogados también, y Ricardo, sentado en el banquillo, con los ojos rojos de rabia y las manos crispadas sobre la mesa.
El juez entró. Su mirada recorrió la sala con una calma que parecía desafiante.
—Señor fiscal, puede continuar.
El fiscal se levantó. Esta vez, no llevaba una grabadora. Llevaba un sobre de