El tercer día del juicio amaneció con una tensión que se cortaba con cuchillo. La sala estaba abarrotada. Los periodistas ocupaban cada asiento libre, y los pasillos estaban llenos de curiosos que no habían conseguido entrada. Álvaro subió al estrado con paso firme, aunque sus manos temblaban ligeramente.
—¿Está listo para declarar? —preguntó el juez.
—Sí, señoría.
Álvaro juró decir la verdad. Luego, comenzó a hablar. Su voz era clara, precisa, como si hubiera ensayado cada palabra durante años