El sol entró por la ventana de mi habitación como si nunca hubiera tenido que abrirse paso entre nubes de tormenta.
La luz era clara, dorada, y no traía consigo ninguna urgencia. No había llamadas que esperar, ni mensajes que descifrar, ni sombras que vigilar desde el otro lado de la ventana. Solo la mañana, quieta y disponible, extendiéndose delante de mí como algo que nadie me había pedido que resolviera.
Me quedé un momento en la cama, sintiendo el peso de ese silencio. No era el silencio te