La noche en el estudio se alargó hasta que la luna saliera. La cinta seguía sobre la mesa, junto al diario de Daniela y las fotografías que habíamos reunido. Pero por primera vez en mucho tiempo, no miramos las pruebas. Nos miramos el uno al otro.—Paula —dijo Andrés, con la voz baja—. No sé cómo empezar.—No hace falta que empieces de una forma especial. Solo di lo que sientes.Él me miró. Sus ojos, oscuros y profundos, se encontraron con los míos. Por un instante, el mundo se redujo a ese momento. A la luz tenue de la lámpara. Al silencio de la mansión dormida. A la certeza de que todo lo que habíamos construido, desde el contrato hasta el beso, desde el miedo hasta el peligro, había sido para llegar hasta allí.—Te amo —dijo.La frase cayó como una piedra en el agua tranquila. No fue un grito, no fue una declaración dramática. Fue susurrada, casi como si tuviera miedo de romper el momento. Pero sus ojos no titubearon.—Te amo —repitió, con más fuerza—. Y no lo digo por el contrato.
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