Desde que descubrí las mentiras de Elena, me convencí de que cada mentira, cada traición y cada decisión manchada de sangre podían justificarse simplemente porque yo era rey, y porque, sin importar todo lo que hubiera hecho, algún día reclamaría a Lila como propia, pero aquella noche, mientras la observaba de pie frente a mí, desafiante, orgullosa y completamente fuera de mi alcance, comprendí de la forma más cruel lo que realmente significaba perder.Porque una cosa era soportar el odio de Lila, pero otra muy distinta era verla levantar la cabeza y declarar con orgullo que le pertenecía a otro, y que en su vientre crecía el hijo de ese hombre… no, de esa bestia.Eso no solo hirió mi orgullo.Eso me enloqueció.Porque después de eso no recuerdo haber levantado la mano.Ni siquiera recuerdo el momento exacto en el que la arrojé al acantilado, pero cuando fui consciente de mi error intenté remediarlo.—¡Lila!Mi propia voz sonó extraña, rota, desesperada, completamente ajena a mí.Mis o
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