Mundo ficciónIniciar sesiónDesde que descubrí las mentiras de Elena, me convencí de que cada mentira, cada traición y cada decisión manchada de sangre podían justificarse simplemente porque yo era rey, y porque, sin importar todo lo que hubiera hecho, algún día reclamaría a Lila como propia, pero aquella noche, mientras la observaba de pie frente a mí, desafiante, orgullosa y completamente fuera de mi alcance, comprendí de la forma más cruel lo que realmente significaba perder.
Porque una cosa era soportar el odio de Lila, pero otra muy distinta era verla levantar la cabeza y declarar con orgullo que le pertenecía a otro, y que en su vientre crecía el hijo de ese hombre… no, de esa bestia.
Eso no solo hirió mi orgullo.
Eso me enloqueció.
Porque después de eso no recuerdo haber levantado la mano.
Ni siquiera recuerdo el momento exacto en el que la arrojé al acantilado, pero cuando fui consciente de mi error intenté remediarlo.
—¡Lila!
Mi propia voz sonó extraña, rota, desesperada, completamente ajena a mí.
Mis ojos se abrieron cuando vi que su cuerpo atravesó el velo.
—¡No!
Mi respiración se detuvo.
Retrocedí un paso.
Luego otro.
—No… no… no…
Mis manos comenzaron a temblar mientras mi mente intentaba encontrar una solución, una salida, una explicación, cualquier cosa que me dijera que aquello no estaba ocurriendo.
Las brujas.
Debía encontrar a las brujas.
Ellas sabrían qué hacer.
Pero no alcancé a moverme.
Algo pasó junto a mí con tanta velocidad que apenas fui capaz de verlo, y al segundo siguiente sentí un impacto brutal en el pecho que me lanzó varios metros contra el suelo.
El aire abandonó mis pulmones.
Mi espalda chocó contra el suelo.
Y cuando levanté la mirada…
Lo vi.
Cassiel Raventhorn ya no parecía un hombre.
Sus ojos negros estaban completamente consumidos por una furia y un pánico que no había visto jamás en ningún ser vivo; sus manos temblaban, su respiración era irregular y cada músculo de su cuerpo parecía luchar por no transformarse ahí mismo.
—¿Lila…?
Su voz salió rota.
Tan rota…
Que por primera vez comprendí que aquel monstruo realmente la amaba.
Luego me ignoró por completo.
Corrió hacia el borde.
Y cuando vio el vacío…
Su aullido hizo temblar la montaña.
—¡LILA!
Mi sangre se congeló.
—¡LILA, MI AMOR!
Volvió a gritar.
Más fuerte.
Más desesperado.
—¡¿DÓNDE ESTÁS?!
Su voz rebotó entre las rocas.
—¡LILA, RESPÓNDEME!
Y sin detenerse.
Sin medir.
Sin pensar.
Se lanzó.
Yo me arrastré hasta el borde y observé cómo su cuerpo golpeaba la corriente oscura con una violencia que habría matado a cualquier hombre.
Pero Cassiel no era cualquier hombre.
Aun así…
Vi cómo el velo reaccionaba.
Vi cómo la barrera se estremecía.
Y entonces recordé exactamente lo que las brujas me habían advertido.
Solo uno.
Solo un ser podría atravesarlo.
Cassiel jamás la alcanzaría y no había visto a detalle lo que había pasado; para él, Lila simplemente había sido arrojada por mí al fondo del acantilado.
Sus gritos siguieron rompiendo la noche, buscándola con desesperación.
—¡LILA!
—¡MI AMOR!
—¡NO ME DEJES!
Apreté la mandíbula.
Aquello era inútil.
Y yo no podía quedarme.
Me puse de pie con dificultad, dispuesto a correr hacia el bosque, pero entonces escuché los primeros gritos provenientes del palacio y, cuando giré la cabeza, comprendí que el infierno apenas estaba comenzando.
Cassiel no había venido solo.
Desde la distancia pude ver fuego, acero, cuerpos cayendo y sombras moviéndose entre la multitud de una forma aterradora.
Lobos.
Los gammas de Umbra Noctis.
Y no necesité escuchar ninguna orden para saber qué estaba ocurriendo.
Cassiel, posiblemente al ver a Lila en peligro, dio la orden a sus guerreros de acabar con todos.
Corrí.
Sí.
Yo, el rey de Boca del Río.
Corrí dejando atrás mi corona, mi castillo y a la gente que había jurado proteger, y mientras descendía los escalones principales del palacio escuché una voz que me obligó a detenerme.
—¡Sebastián!
Giré.
Darian estaba cubierto de sangre, con la espada en la mano y la mirada llena de incredulidad.
—¿Cómo puedes abandonarnos?
No respondí.
No pude.
—¡Somos tu gente!
Se arrastró hasta mí.
—¡Tu pueblo está muriendo!
Sentí algo quebrarse dentro de mí.
Pero aun así…
Me giré.
Y seguí corriendo.
Porque en ese momento ya no era un rey.
Era simplemente un hombre desesperado intentando llegar hasta los únicos seres que tal vez podían devolverme lo único que realmente me importaba.
Tenía que encontrar a las brujas.
Así que, cuando finalmente divisé la cabaña entre los árboles, después de cabalgar durante horas, sentí una punzada absurda de esperanza, pero esa esperanza murió en el instante en que escuché el gruñido detrás de mí.
Me giré.
Y ahí estaba.
Un lobo negro.
Gigantesco.
Sus ojos brillaban con una furia capaz de devorar el mundo.
Cassiel.
Levanté mi espada.
—Escúchame…
El lobo avanzó.
—Puedo salvarla…
Sus músculos se tensaron.
—Puedo traer a Lila de…
No terminé.
Saltó.
Me derribó con tanta facilidad que mi espada salió despedida varios metros y mi cuerpo quedó atrapado bajo el suyo, completamente inmovilizado.
Abrí la boca.
—Las brujas… necesito—
Entonces pronuncié su nombre.
—Lila—
Y en ese instante…
Cometí el error que término de destruir mi vida.
El rugido que salió de su pecho no parecía pertenecer a este mundo.
Luego sentí el dolor.
Un dolor tan brutal que mi visión se volvió blanca.
Quise gritar.
Pero no pude.
La sangre llenó mi boca.
Y mientras temblaba en el suelo, vi con absoluto horror cómo aquella bestia que me había arrancado la lengua comenzaba a transformarse otra vez en Cassiel, quien quedó frente a mí, cubierto de sangre, mi sangre entre sus dedos y una mirada tan vacía como mortal.
Y por primera vez en toda mi vida…
Yo, Sebastián Castellane, el rey de boca del río, comprendí lo que era sentir miedo.
Porque en ese instante supe que el Alfa de Umbra Noctis, tras perder a Lila, no había venido a buscarme para apoderarse de mi reino.
Ni había venido por simple venganza.
Había venido tras de mí con la intención de destruir absolutamente a todo y a todos.
Y lo peor…
Fue entender que nada ni nadie podría detenerlo.







