Me parecido curioso que los varones, sin importar la especie, el reino o la forma de sus colmillos, tuvieran la absurda costumbre de creer que el mundo giraba alrededor de sus decisiones.Los hombres humanos lo hacían con coronas prestadas, los lobos con instintos disfrazados de destino, los vampiros con siglos de paciencia convertida en arrogancia y los dragones, al parecer, con alas enormes y la certeza ridícula de que todo lo que podían alcanzar con sus garras les pertenecía.Yo había escuchado cada palabra.Cada condena que Razar había pronunciado sobre mis hijos como si fueran piezas de un tablero, cada mentira que había preparado para destruir a Maerys, cada frase de Kaeldris donde me llamaba suya con una convicción que me revolvía el estómago.De Razar no me sorprendía nada. Era un rey encaprichado en sostener una corona que empezaba a pesarle demasiado, no muy distinto a Sebastián, solo que con escamas, fuego y una sonrisa más peligrosa.Pero Kaeldris…Kaeldris sí me dolió.Po
Leer más