—¿Eres la misma bruja que ayudó a Cassiel a despertarme? —pregunté de nuevo, esta vez en voz alta, sin poder recordar su nombre aunque estaba segura que era ella.
Mi propia voz sonó más débil de lo que esperaba, rasposa, temblorosa, apenas lo suficiente para romper el silencio de aquella cueva, y durante unos segundos pensé que ninguna de las dos mujeres había llegado a escucharme, porque la que permanecía sentada junto al lecho de aquella que evidentemente estaba a punto de morir seguía cantan