Mundo ficciónIniciar sesión—¿Eres la misma bruja que ayudó a Cassiel a despertarme? —pregunté de nuevo, esta vez en voz alta, sin poder recordar su nombre aunque estaba segura que era ella.
Mi propia voz sonó más débil de lo que esperaba, rasposa, temblorosa, apenas lo suficiente para romper el silencio de aquella cueva, y durante unos segundos pensé que ninguna de las dos mujeres había llegado a escucharme, porque la que permanecía sentada junto al lecho de aquella que evidentemente estaba a punto de morir seguía cantando con la misma serenidad con la que lo había hecho desde que abrí los ojos.
Entonces una voz masculina, profunda y demasiado conocida, respondió desde algún punto detrás de mí.
—Ary… ese es su nombre.
Mi respiración se detuvo.
Giré el rostro tan rápido como mi cuerpo me lo permitió, y durante unos segundos creí que seguía delirando.
—¿Samuel…?
El médico de Umbra Noctis estaba de pie a pocos pasos de mí, con el rostro más cansado de lo que jamás recordaba haberlo visto, y con una tristeza tan evidente que por un instante ni siquiera pude relacionarlo con el hombre sereno que recordaba.
—Veo que al menos todavía me recuerdas, Luna —dijo con una sonrisa tan tenue que ni siquiera logró ocultar el dolor en su voz.
Intenté incorporarme una vez más y esta vez Samuel avanzó hasta mí para ayudarme.
—¿Qué está pasando? —pregunté, sintiendo cómo mi cabeza seguía latiendo con fuerza—. ¿Dónde estamos? ¿Por qué estás aquí? Cassiel me dijo que habías abandonado la manada.
Samuel bajó la mirada durante un instante.
—Lo hice, abandoné Umbra Noctis para acompañar a Ary, fue ella la que te sintió allá afuera en el bosque y me pidió traerte hasta aquí.
Sus ojos se desviaron hasta la bruja, su compañera, que seguía cantando.
—¿Pero ¿qué hacen aquí? —logré decir, intentando no parecer malagradecida.
Ary finalmente levantó la mirada hacia mí.
Y aunque se veía sana, había algo en ella que me erizaba la piel.
Algo, que no lograba explicar.
—Hola de nuevo, pequeña dragona o ¿debo llamarte Luna? —dijo con una suavidad que me resultó extrañamente familiar.
—Yo… —fruncí el ceño—. No entiendo nada.
Ary sonrió.
—Eso es bastante normal.
Miré alrededor una vez más.
Y finalmente volví a mirarla a ella.
—¿Dónde estamos? —pregunté.
—En el mundo original —respondió Ary.
Mi corazón dio un vuelco.
—Cassiel me habló un poco de eso…
Ary inclinó la cabeza.
—Pero no lo suficiente para que lo entiendas.
Asentí con honestidad.
Ella sonrió apenas.
—No te preocupes, volverás con él.
Fruncí el ceño.
—¿Puedes ayudarme?
Ary bajó la mirada hacia la mujer que yacía junto a ella.
—Cuando yo ya no esté en esta vida y abrace a la muerte, y cuando el príncipe oscuro regrese, lo harás, no necesitaras mí ayuda. Aunque será pronto para ti será un tiempo muy largo para él.
Sentí un nudo en el estómago.
—No entiendo.
Miré a la mujer sobre el lecho.
Su respiración seguía siendo débil.
Su cuerpo parecía rendirse poco a poco.
Eso podía comprenderlo, la que estaba recostada estaba muriendo.
Pero Ary, Ary lucía perfectamente sana.
No parecía estar muriendo.
—¿Cómo que cuando ya no estés? —pregunté sin apartar la vista de ella—. No te ves enferma.
Samuel cerró los ojos con fuerza y Ary simplemente sonrió.
—Porque hay muertes que no comienzan en el cuerpo, he vivido tantos siglos que finalmente cerrare este ciclo.
Aquella respuesta no aclaró absolutamente nada.
—Eso no tiene sentido.
—Muy pocas cosas relacionadas con el destino lo tienen al principio. Por ejemplo, aunque estoy enamorada de Samuel nunca imagine que su Diosa me elegiría para ser su compañera destinada. Es cruel porque tendremos que esperar para poder estar juntos.
Ciri permanecía en silencio dentro de mí, se había mantenido en silencio porque parecía tan confundida como yo.
—¿Quién… es ella? —pregunté, señalando a la mujer moribunda.
Ary acarició con suavidad el cabello de la desconocida.
—Mildred.
—¿Qué le pasó?
Samuel respondió esta vez.
—Abrió un cofre que jamás debió tocar.
Ary negó y lo contradijo.
—Que estaba destinada a abrir. La maldición del cofre, que mandé entregar a nuestro futuro padre le cobró el precio, pero al mismo tiempo le valió para abrazar una segunda oportunidad a un nuevo destino.
Miré nuevamente a Mildred.
Y aunque jamás la había visto antes, ver a aquella joven tan debilitada me hizo sentir tristeza.
—Entonces… ¿va a morir?
Ary me miró.
—Sí.
—¿Y tú?
Ella sonrió otra vez.
—Yo también.
Negué con fuerza.
—No. Eso no tiene sentido. Ella está muriendo. Tú no.
Ary soltó una pequeña risa.
—Las brujas somos hijas del destino, Lila.
Parpadeé varias veces.
—Eso tampoco tiene sentido.
—No todavía pero un día cuando seas madre lo entenderás.
Ary tomó la mano de Mildred entre las suyas, mientras no pude evitar cubrir mi vientre con mi mano de forma protectora.
—En nuestra próxima vida, ella y yo seremos hermanas.
Estoy bastante segura de que en ese momento cuestioné seriamente la cordura de Ary.
—Samuel… ¿ella siempre habla así?
—Siempre, — respondió Samuel sin dudar.
Ary me miró con ternura.
—Todo terminó acomodándose así porque hace mucho tiempo no se respetó lo que el destino había planeado. Yo, al igual que muchos otros, participé en que no se cumpliera y fallé en mi propósito.
Mildred soltó un pequeño gemido.
Y Ary volvió a cantar.
Aquella melodía era extraña y, sin saber exactamente por qué, terminé acercándome.
Me senté junto a ellas.
Y cuando Ary me miró, comprendí sin necesidad de palabras lo que quería.
Así que comencé a cantar con ella, descubriendo que, aunque no entendía la letra era capaz de emitir la melodía.
Y durante unos minutos, solo existimos nosotras.
Hasta que Mildred dejó de respirar.
El silencio que siguió fue devastador.
Bajé la mirada hacia ella.
—Lo siento, creo que finalmente ha fallecido.
Y entonces giré hacia Ary.
—Deberíamos enterrarla.
Pero las palabras murieron en mi garganta.
Porque Ary, estaba desapareciendo.
Retrocedí.
—¿Qué…?
Samuel cayó de rodillas diciendo.
—Mi amor, te esperaré. Tal y como te lo he prometido. Tú y yo también tendremos nuestra segunda oportunidad y esta vez no seré un cobarde, aunque sigas estando por encima de mi luchare por nuestro amor.
Ary sonrió y lo miro con inmenso amor.
Su cuerpo comenzaba a deshacerse en pequeñas partículas de luz mientras me dirigía sus últimas palabras.
—Nos hemos vuelto a encontrar al final de esta vida, pero solo porque en la siguiente seremos muy cercanas.
Sentí cómo el miedo me cerraba el pecho.
—¿Qué está pasando?
Ary me miró directamente.
—Tendré dos hermanas. Una será la reencarnación de la bruja más poderosa de todos los tiempos y la otra será el equilibrio entre ambas. Lo que nos faltó en esta vida para estar unidas.
Samuel comenzó a llorar.
—Esta vez… seré una buena hermana…
Samuel extendió la mano hacia ella.
—Ary…
Ella sonrió y alcanzo a besarlo. Cuando aquello termino dijo para finalizar.
—Y por fin… cumpliré el destino que los Dioses tenían preparado para mí.
Desapareció después de eso mientras Samuel rompió en llanto.
Y justo en ese instante, mientras intenté consolarlo, el sonido de pasos resonó desde la entrada de la cueva.
Giré el rostro.
Y vi a dos hombres entrar.
Eran idénticos.
Y por la expresión en sus rostros, comprendí que para volver junto a Cassiel Raventhorn, la odisea apenas comenzaba.







