Llevaba días sin dormir bien.No porque el cansancio pudiera conmigo, no porque mi cuerpo me lo exigiera, ni siquiera porque la tensión me estuviera rompiendo poco a poco por dentro, sino porque no podía permitirme cerrar los ojos mientras aún quedara un solo detalle fuera de mi control.—Esa mesa no va ahí —ordené, señalando el extremo izquierdo del salón principal—. Si la colocan tan cerca de la entrada, estorbará el paso de los invitados cuando empiece la música.Los sirvientes se miraron apenas un segundo ante de obedecer.Nadie discutía conmigo.No después de verme revisar personalmente la disposición de las flores, el vino reservado para los nobles, el pan que sería entregado a la gente del pueblo, las lámparas del jardín, las rutas de los guardias, los músicos, los pasillos secundarios, incluso la distancia exacta entre las antorchas que iluminarían la entrada del castillo.Todo debía ser perfecto.Todo debía parecer una celebración.Y nadie, absolutamente nadie, debía sospecha
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