Evangeline.La madrugada se filtró por las cortinas de mi habitación como una sentencia silenciosa. No había dormido más que un par de horas, y cada vez que cerraba los ojos, la imagen se repetía con una crueldad que me oprimía el pecho: Maximilian, impecable en su traje gris marengo, sentado en una mesa privada de un restaurante de lujo, con Sofía a su lado, ocupando el lugar que, en mis fantasías más prohibidas y desesperadas, yo anhelaba para mí. Los veía juntos, riendo con esa complicidad de quienes pertenecen al mismo estrato social, de quienes están destinados a fusionar apellidos y fortunas. La humillación de la tarde anterior en la junta, donde había tenido que presenciar cómo ella lo tocaba con total impunidad mientras yo, marcada y sumisa, permanecía en las sombras, aún me quemaba como ácido.Me levanté arrastrando el cuerpo. El hematoma en mis nalgas, un recuerdo físico de la posesión de Maximilian la noche anterior en el club, me palpitaba al ritmo de mis propios latido
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