Maximilian Voss.
Sus labios saben a rendición y a rebeldía, una mezcla que me vuelve loco. La acorralé contra la pared, sintiendo cómo su cuerpo temblaba bajo mi proximidad, y cuando me exigió un "aquí no", supe que la tensión acumulada desde que supe de la existencia de ese ramo de flores que Benavides envió a su escritorio —las flores de un hombre que se cree con el derecho de cortejar a lo que yo ya he reclamado— me estaba consumiendo.
La besé, hundiendo mis dedos en su cabello, reclamándo