Evangeline.
La madrugada se filtró por las cortinas de mi habitación como una sentencia silenciosa. No había dormido más que un par de horas, y cada vez que cerraba los ojos, la imagen se repetía con una crueldad que me oprimía el pecho: Maximilian, impecable en su traje gris marengo, sentado en una mesa privada de un restaurante de lujo, con Sofía a su lado, ocupando el lugar que, en mis fantasías más prohibidas y desesperadas, yo anhelaba para mí. Los veía juntos, riendo con esa complicidad