Evangeline Olmos.Cerré la llave de la ducha cuando el agua comenzó a enfriarse, dejando que las últimas gotas se mezclaran con las lágrimas que ya no tenía fuerzas para seguir derramando. Salí del cubículo de mármol envuelta en una de las densas toallas blancas del penthouse, sintiendo un frío repentino que me caló hasta los huesos, un frío que no tenía nada que ver con la temperatura del ambiente y sí con el vacío absoluto que se había instalado en mi pecho. Caminé hacia el vestidor con pasos mecánicos y pesados. Dejé de lado los trajes sastres de alta costura, las camisas de seda y las faldas ceñidas que Maximilian había comprado para mí; en su lugar, busqué en el fondo de mis viejos cajones una pijama de algodón gris, holgada, gastada y completamente anodina. Necesitaba cubrirme, esconderme del mundo y, sobre todo, ocultar las marcas violáceas de mi cuello que ahora se sentían como un hierro al rojo vivo, el estigma de mi propia degradación.Me deslicé dentro de la pijama y me
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