Evangeline Olmos.El silencio en la habitación era tan denso que podía escuchar el galope desbocado de mi propio corazón contra mis costillas. Maximilian seguía sentado en la butaca, con esa leve sonrisa calculadora grabada en su rostro perfecto, mientras la carpeta negra con mi firma reposaba sobre la cama como una sentencia aceptada. Su mirada gris, gélida y posesiva, me recorría de arriba abajo, evaluando cada centímetro de mi postura rígida dentro del traje gris marengo que tanto me había oprimido en la calle. No había escapatoria; yo misma había cerrado la puerta del laberinto.—De rodillas, Evangeline —ordenó. Su voz barítono no se elevó, pero la firmeza de su mandato cortó el aire con la precisión de un bisturí.Me quedé muda, paralizada por la inmediatez del reclamo. Una parte de mi mente, la que todavía luchaba por aferrarse a la dignidad de la secretaria ejecutiva, protestó ante la humillación de la postura, pero el resto de mi cuerpo, la carne traidora que había sellado
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