Evangeline Olmos.
El calor del baño seguía impregnado en las paredes de mármol oscuro cuando Maximilian cortó el flujo de la penetración, dejándome flotando en una estela de espasmos residuales. Con una firmeza que no admitía quiebres, me tomó de los brazos y me guió hacia el interior de la cabina de la ducha acristalada. El agua comenzó a caer, caliente y abundante, golpeando mi piel desnuda y arrastrando consigo los fluidos de nuestra entrega, el rastro de mi lascivia y el sudor de su cuerpo