Evangeline Olmos.
El eco del portazo que dio Maximilian al marcharse a su almuerzo personal pareció quedarse flotando en el aire de mi habitación durante mucho tiempo. Me quedé estática frente al escritorio, con la pluma todavía entre los dedos y la tinta fresca brillando sobre el papel donde acababa de estampar mi firma. Cinco meses. Me repetía esa cifra una y otra vez en la mente como si fuera un mantra de salvación, una fecha de caducidad que justificaba el pecado que acababa de cometer con