Evangeline Olmos. Salí del cuarto de baño envuelta en una densa nube de vapor, sintiéndome extrañamente relajada y tranquila. El agua caliente y la intensidad de lo que acababa de vivir habían aplacado temporalmente el torbellino de mi mente. Sentía el cuerpo liviano, flotando en una especie de anestesia sensorial que me hacía olvidar, al menos por unos instantes, la gravedad de mis acciones. Me ajusté la bata de felpa blanca alrededor de la cintura, sintiendo el roce suave de la tela contra mi piel, que todavía guardaba el calor de las manos de mi jefe y la humedad de la ducha. Sin embargo, la paz en el mundo de los pecadores es una ilusión efímera. Apenas di tres pasos hacia la cama, el sonido agudo y estridente de mi teléfono celular rompió el silencio de la habitación. El aparato vibraba con insistencia sobre la mesa de noche. Me acerqué con curiosidad, pero en cuanto miré la pantalla y vi el nombre que parpadeaba en las letras iluminadas, el corazón me dio un vuelco violent
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