Evangeline Olmos.
El silencio en la habitación era tan denso que podía escuchar el galope desbocado de mi propio corazón contra mis costillas. Maximilian seguía sentado en la butaca, con esa leve sonrisa calculadora grabada en su rostro perfecto, mientras la carpeta negra con mi firma reposaba sobre la cama como una sentencia aceptada. Su mirada gris, gélida y posesiva, me recorría de arriba abajo, evaluando cada centímetro de mi postura rígida dentro del traje gris marengo que tanto me había