Anastasia se encontraba de pie en el centro de su enorme habitación en la mansión Turner, contemplando el reflejo del atardecer a través de los ventanales. El silencio del lugar era un bálsamo, pero su mente era un hervidero. Intentaba procesar la avalancha de verdades que acababa de caer sobre ella. Aquel chico de veinte años, el asesino letal que la había defendido en medio de una guerra sangrienta hace cinco años, era el mismo hombre que ahora gobernaba la mafia gringa bajo el nombre de Alaric Turner.Una sonrisa involuntaria, teñida de ironía y resignación, se dibujó en sus labios. Miró al techo y suspiró.—Ay, San Prada... tu manera de salvarme es bastante rara, ¿eh? —susurró para sí misma, negando con la cabeza—. Y tú, San Gucci... me diste a otro mafioso en mi vida. Solo te pido que no sea como Damián. Por favor, que no sea como él.Se cruzó de brazos, clavando la vista en el horizonte, imaginando el caos que Alaric había dejado atrás esa tarde. Una chispa de fría satisfacción
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