En la mansión fortificada de Alaric, el aire de la mañana era fresco. Anastasia, apoyada apenas por su voluntad de hierro, había logrado caminar hasta el balcón de la suite principal. Se sostenía del barandal de hierro forjado, con la bata de seda bailando suavemente con el viento. Sus ojos, antes perdidos, ahora escaneaban el horizonte con una agudeza que no había tenido días atrás. Sus pulmones, aunque todavía resentidos por el humo, inhalaban la libertad como si fuera oxígeno puro.Desde el umbral de la puerta, Alaric la observaba en silencio. No llevaba la máscara puesta, pues consideraba que dentro de su santuario privado ella estaba a salvo de reconocerlo, aunque siempre mantenía una distancia respetuosa. La observaba no como a una víctima, sino como a alguien que estaba empezando a despertar del letargo del trauma. Notaba cómo sus hombros ya no se encogían ante cualquier ruido, cómo su mirada era inquisitiva, analítica.«Está volviendo», pensó Alaric, sintiendo un nudo en el pe
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