En la enfermería improvisada de la cocina, el olor a antiséptico y a hierro era sofocante. La doctora Daisy vertió yodo directamente sobre el hombro perforado de Mike, sin una pizca de delicadeza. El gigantón ni siquiera parpadeó, aunque la piel se le abrió por la quemadura química.—Te lo dije mil veces, Mike —siseó Daisy, acomodándose los guantes de látex con un chasquido violento—. Te dije que la próxima vez que vinieras a mi clínica cubierto de sangre, yo misma te mataría para ahorrarle el trabajo al enemigo.Mike, con el rostro cubierto de hollín y el labio hinchado, dejó escapar una risa ronca que le sacudió el pecho herido.—Pues inténtalo, doc... Aunque sé que no lo harás. Te quedarías sin tu paciente favorito, y por lo que sé, como nunca tuviste novio, te quedarías bastante sola.Daisy entornó los ojos, sus facciones tensándose en una mueca de absoluta indignación. Sin previo aviso, hundió dos de sus dedos cubiertos de látex directamente en el agujero de la bala, haciendo pre
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