Lia se enderezó de golpe, con el corazón latiéndole con una fuerza desbocada en la garganta. A través de la abertura casi imperceptible de la puerta de madera que no había cerrado por completo, el sonido se hizo más nítido, más real y espantosamente cercano.Adrián tenía a Irma sobre la imponente mesa de caoba. La había colocado boca abajo, levantando la tela de su costoso vestido blanco, y la poseía con una urgencia brutal, casi violenta, desprovista de cualquier atisbo de ternura. Era un acto de pura descarga física, una necesidad de canalizar la frustración, la rabia de la noche anterior y el cansancio acumulado de la peor manera posible.—Ah... ¡Ah! Sí, Adrián... quiero más... —Los gemidos de Irma resonaban en el vestíbulo exterior, mezclándose con el sonido rítmico de la madera crujiendo—. No pares, por favor... más fuerte...Lia se llevó las manos a los oídos, apretando con fuerza para intentar bloquear la tortura acústica que la estaba destrozando por dentro. Sin embargo, su me
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