El eco del sutil golpe del bastón de Simón contra el suelo de madera noble parecía marcar el compás de una sentencia ineludible. Tras la apresurada salida de Lia en busca del servicio de café, el despacho presidencial quedó sumido en un silencio espeso, casi asfixiante, donde el aroma a rosas y lirios del escritorio exterior todavía se colaba por la rendija de la puerta, mezclándose con el rastro invisible de la tensión sexual que acababa de ser interrumpida.Adrián permanecía de pie, con la espalda recta y la mandíbula tensa. Se pasó una mano por el cuello, intentando aflojar imperceptiblemente el nudo de su corbata, que ahora se sentía más restrictiva que nunca. Miró a su madre, Nelly, cuya expresión denotaba una mezcla de incomodidad y resignación, y luego clavó sus ojos verdes en la figura imponente de su abuelo.—¿Puedo saber qué sucede, abuelo? —preguntó Adrián, forzando un tono de voz que pretendía ser firme y ejecutivo, aunque la ligera ronquera delataba su agitación interna—.
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