Lia esbozó una sonrisa mínima, una mueca de cortesía profesional que intentaba mantener las distancias.
—Solo hice mi trabajo, señor Valenti. Para eso me paga.
Miró de reojo el pequeño reloj de pulsera que llevaba en la muñeca izquierda y sintió que la prisa la invadía. El ambiente íntimo del restaurante comenzaba a asfixiarla.
—Ya es bastante tarde —anunció ella, cerrando su libreta de notas—. Me gustaría pedir un taxi para regresar a mi departamento. Tengo que preparar los informes para mañan