Lia lo miró con indignación, pero al ver que algunos empleados del restaurante comenzaban a observarlos desde la entrada, comprendió que discutir en la vía pública solo empeoraría las cosas. Tragó grueso y entró al vehículo, cruzándose de brazos mientras la puerta se cerraba con fuerza a su lado.
Dios mío, pensó Lia, apoyando la cabeza contra el respaldo de cuero frío del asiento, sintiendo que un temblor interno la dominaba. Tengo que huir de este hombre. Tengo que encontrar la forma de alejar