El silencio de la colina, interrumpido únicamente por el susurro del viento entre los pinos y el lejano latido luminoso de la ciudad, parecía una cúpula protectora para los dos. Sentados sobre la capota aún tibia del sedán negro, el calor del motor aliviaba el frío de la noche, mientras el whisky escocés esparcía una calidez lenta y adictiva en sus cuerpos. Lia mantenía las rodillas juntas, sosteniendo la botella de vidrio oscuro con ambas manos, mientras que Adrián la observaba de reojo, con u