Comenzamos a comer; de mi parte solo oía a los demás hablar, permanecía completamente tranquila y callada, balanceando el tenedor, mientras que mi padre hablaba, bebía vino y se reía plácidamente con Dominic. Claramente, Dominic era el hijo varón que él siempre había querido; su favorito, el reflejo de sus propias ambiciones. Al sentirme completamente invisible en esa mesa, dejé de prestarles atención. Mi mente comenzó a divagar y, sin poder evitarlo, viajó directo a esa noche en el hotel con el hombre desconocido. Dios, es que en serio era ridículamente guapo... Recordé la intensidad de sus ojos oscuros cuando me miraba, la forma lenta de su sonrisa, la textura de sus dedos rozando mis labios con una posesividad temblorosa y el momento exacto en que me besó. Dios, qué ardiente había sido todo. Me mordí sutilmente el labio inferior, sintiendo un súbito calor recorrerme el cuerpo al recordar cada caricia, cada estocada y cada cosa que me hizo esa noche. Deseé con todas mis fuerzas, en
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