Capítulo 4

—Yo…

Bajé la mirada hacia el vaso entre mis manos. Mi reflejo distorsionado sobre el vidrio me devolvió una imagen lamentable: los ojos rojos, el maquillaje corrido, el cabello desordenado. Y de repente fui consciente de algo horrible: Estaba haciendo el ridículo frente a todos.

Seguramente las personas de aquel bar solo querían disfrutar de una noche tranquila… no escuchar a una mujer borracha llorando por su esposo infiel.

Sentí la cara arder de vergüenza. Tomé mi bolso rápidamente.

—Yo… creo que ya es tarde. Debería irme. —Solté una risa nerviosa—. No quiero molestarlo más.

Intenté levantarme del asiento, pero apenas mis piernas tocaron el suelo, todo comenzó a girar violentamente. Mi cuerpo se tambaleó hacia adelante, pero antes de caer, unos brazos firmes me sostuvieron por la cintura.

Abrí los ojos sobresaltada, y ahí estaba él, demasiado cerca.

—Cuidado… —Murmuró con aquella voz suave y profunda—. Puede lastimarse.

Nuestras caras quedaron a centímetros; pude sentir el calor de su respiración rozando mi piel, tragué grueso.

Por un segundo… El aire dejó de llegarme correctamente.

Sus ojos marrones permanecían fijos en los míos con una intensidad tranquila que me confundía todavía más.

Sacudí la cabeza rápidamente y me aparté torpemente.

—¡Eh!… qué vergüenza… —Solté una risa nerviosa acomodándome el cabello—. Lo siento, creo que bebí demasiado.

El hombre sonrió apenas.

Y maldita sea…

¿Por qué hasta sonriendo tenía que verse así?

Saqué mi tarjeta del bolso y la extendí hacia el bartender.

—Por favor, cobre todo lo que debo.

—No será necesario.

Parpadeé confundida. El desconocido acababa de sacar una tarjeta negra delgada y elegante.

Una Black Premium.

Incluso alguien como yo sabía perfectamente qué significaba esa tarjeta: dinero, muchísimo dinero.

El bartender tomó la tarjeta casi de inmediato.

—La cuenta corre por mi parte —dijo él con naturalidad.

Lo miré varias veces seguidas. No podía ser real. Definitivamente, el alcohol ya estaba afectando mi cerebro.

—Yo… no hace falta, de verdad…

—No es ninguna molestia. —Sus labios se curvaron ligeramente—. De hecho… es un honor.

Sentí las mejillas calentarse.

¿Honor?

Nadie me había hablado así en años.

—Además… —Continuó acercándose apenas un poco más—. Sé que esto puede sonar atrevido de mi parte, pero me gustaría seguir hablando con usted.

Mi corazón dio un pequeño salto extraño.

—¿Conmigo?

—Sí. —Su mirada bajó lentamente hacia mis ojos otra vez—. En otro lugar… si usted me lo permite.

Esto tenía que ser una cruel broma del destino.

Eso pensé mientras lo miraba. Porque apenas unos minutos atrás estaba llorando por Dominic… y ahora un hombre absurdamente atractivo me invitaba a irme con él.

La imagen de Dominic apareció en mi cabeza. «Yo estoy casada». El pensamiento me golpeó de inmediato. Enderecé la espalda, lista para rechazarlo.

Pero entonces…

Recordé a Rebecca sentada sobre las piernas de mi esposo, sus risas, la mano de Dominic acariciando su vientre.

“Quiero que te divorcies de ella ahora mismo.”

Sentí un vacío horrible abrirse dentro de mí. A final de cuentas… él terminará divorciándose de mí.

La idea dolió incluso más ahora que la decía en silencio.

Así que… ¿Por qué seguía actuando como una esposa devota? Bajé lentamente la mirada; después volví a verlo a él. Esperando mi respuesta con paciencia.

Sin presionarme, sin frialdad, sin desprecio, y eso solo me confundió más. Solté una pequeña risa nerviosa.

—Claro… —Murmuré finalmente—. Creo que también me gustaría seguir hablando con usted.

Su sonrisa se suavizó apenas.

Y Dios…

Ese hombre realmente debería dejar de sonreír así.

El bartender terminó de organizar las bebidas mientras el desconocido me ayudaba a caminar hacia la salida.

Afuera nos esperaba una camioneta negra enorme.

Elegante. Un chófer abrió la puerta trasera apenas nos acercamos. Parpadeé sorprendida.

¿Tiene chófer privado?

Entré al vehículo intentando no parecer demasiado impresionada. Aunque sinceramente ya estaba fallando miserablemente en eso. El hombre tomó asiento a mi lado con tranquilidad.

El interior del auto olía a cuero y perfume masculino, demasiado elegante, caro, demasiado diferente a cualquier cosa que hubiera vivido últimamente.

Junté las manos sobre mi regazo intentando ocultar los nervios.

—Y… ¿A dónde vamos?

Él giró apenas el rostro hacia mí. —A un lugar más tranquilo —respondió con calma—. Me gustaría que pudiera relajarse un poco esta noche.

Su voz era tan suave que sentí un pequeño escalofrío recorrerme.

«Dios mío. ¿Qué estoy haciendo? Compórtate, Rosaura. Eres una mujer casada.»

La voz en mi cabeza intentó gritarme otra vez.

Pero esta vez…

Ya no sonó tan fuerte como antes.

Después de hablar un poco más durante el camino, la camioneta finalmente se detuvo frente a una enorme mansión.

Mis ojos se abrieron lentamente.

Wow…

Las luces iluminaban la estructura moderna de la casa, enorme y elegante. Las paredes de cristal reflejaban la ciudad nocturna, mientras el jardín perfectamente cuidado rodeaba la entrada principal.

Parecía una de esas casas que solo aparecían en revistas.

—¿Te gusta?

La voz del desconocido me hizo volver a la realidad.

Él estaba parado a mi lado, observando la mansión con tranquilidad.

Me incorporé rápido al darme cuenta de que me había quedado mirando su casa como una completa tonta.

—Es… ¿Tuya?

Él asintió con naturalidad. —Espero que te guste.

¿Qué espere que me guste? ¡Parecía un maldito hotel de lujo!

Lo vi caminar delante de mí con total calma, como si vivir en un lugar así fuera lo más normal del mundo.

Definitivamente, el alcohol ya estaba afectándome demasiado, porque sentía que todo daba vueltas lentamente a mi alrededor.

Entré detrás de él; el interior era incluso más impresionante, minimalista, elegante. Las luces cálidas hacían que todo se sintiera cómodo en lugar de frío. Los muebles modernos, los enormes ventanales y la decoración sofisticada hacían que el lugar pareciera sacado de una película.

—Ponte cómoda —dijo mientras se dirigía hacia la cocina.

Asentí lentamente y me senté en el sofá, todavía algo nerviosa.

Minutos después regresó con una botella de licor y dos vasos con hielo. —Espero que te guste beber.

Sonrió apenas mientras colocaba todo sobre la mesa de centro.

Solté una pequeña risa. —Bueno… creo que ya te diste cuenta de que beber no es exactamente mi talento.

—Eso ya quedó bastante claro.

Lo miré fingiendo indignación antes de tomar el vaso que acababa de servirme. Y, sin pensarlo demasiado, me lo bebí completo de un solo trago.

El hombre abrió los ojos sorprendido. —Whoa, tranquila. —soltó una pequeña risa—. Eso no se toma así.

Tosí apenas por el ardor. —Entonces explícame cómo se hace.

—Esto se bebe con calma. —Tomó la botella y volvió a servirme un poco más—. Lo saboreas.

Esta vez obedecí, tomé un pequeño sorbo; seguía siendo amargo… pero ya no tan horrible como el primero. Miré el vaso pensativa. —No está tan mal.

—Exactamente.

Él dejó la botella sobre la mesa y se acomodó frente a mí. Luego apoyó un brazo sobre el sofá y me observó con tranquilidad.

—A ver… ahora que ya entramos en confianza… ¿Quién fue el idiota que te rompió el corazón?

La sonrisa desapareció lentamente de mi rostro. Bajé la mirada hacia el vaso. Después solté una pequeña risa amarga. —Lo siento… es solo que… debes ver mujeres llorando por hombres todo el tiempo, ¿no?

Lo último salió casi como un susurro, pero él no sonrió, ni se burló. Solo me observó fijamente. —Si te soy honesto… sí.

Asentí lentamente.

Claro.

Una mujer como yo probablemente no era la primera que encontraba llorando en un bar.

Pero entonces él continuó:

—Aunque ninguna como tú.

Parpadeé confundida.

—¿Qué…?

El hombre bajó la mirada unos segundos antes de volver a verme.

—Cuando me acerqué pensé que eras igual que las demás. —Su voz salió tranquila—. Creí que solo buscabas atención… o compañía para esta noche.

Sentí las mejillas calentarse apenas.

—Pero después te vi llorar. —Sus ojos se suavizaron ligeramente—. Y entendí que realmente estabas sufriendo.

El silencio entre nosotros se volvió extraño, pesado. Porque la forma en que me miraba… Hacía sentir que realmente me veía.

—Es difícil de explicar… —Murmuré intentando sonar casual.

Aunque la simple idea de que alguien hubiera notado mi dolor me hacía sentir todavía más vulnerable.

Él asintió lentamente. —Te entiendo.

Tomó su vaso y dio un pequeño trago antes de hablar otra vez.

—¿Quieres que te cuente mi historia primero?

Alcé una ceja. —¿Tienes una historia de amor?

—Así es.

—Wow… eso sí no me lo esperaba.

Él soltó una pequeña risa. —A la mayoría le sorprende.

—¿Y qué pasó?

Por primera vez desde que lo conocí, algo cambió en su expresión.

Una sombra breve cruzó por sus ojos. Después apoyó el vaso lentamente sobre la mesa.

—Ella se fue… —murmuró—. Se mudó lejos.

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