Capítulo 3

Dominic regresó a la mansión cerca de las tres de la madrugada. El cansancio pesaba sobre sus hombros mientras aflojaba el nudo de la corbata al entrar. La casa estaba en silencio, completamente oscura, salvo por una pequeña luz tenue proveniente del comedor.

Frunció ligeramente el ceño; entonces la vio. La mesa seguía puesta, las velas ya consumidas, la comida intacta. El pastel comenzaba a deformarse lentamente por el calor.

Dominic permaneció quieto unos segundos observando la escena. Algo incómodo se movió dentro de él. Caminó lentamente hacia la mesa y encontró el reloj de oro todavía dentro de la caja negra.

Su regalo de aniversario. Sus dedos rozaron apenas el borde del empaque. Entonces notó otra cosa: Los documentos de divorcio estaban sobre la mesa. Sin firmar, pero abiertos, como si Rosaura los hubiera leído una y otra vez antes de marcharse.

La mandíbula de Dominic se tensó ligeramente. Tomó las hojas despacio y observó el espacio vacío donde debía estar la firma de Rosaura.

Por alguna razón… Ese espacio en blanco le provocó una sensación extraña en el pecho. Dejó los papeles nuevamente sobre la mesa y subió las escaleras casi de inmediato.

—¿Rosaura?

Silencio. Empujó la puerta de la habitación.

Vacía.

El armario estaba abierto. Faltaban algunas prendas. El cajón donde ella guardaba sus cosas personales también estaba vacío. Dominic recorrió el cuarto con la mirada lentamente. Entonces vio algo pequeño sobre la cama: El vestido negro.

El mismo que llevaba horas antes, lo había dejado cuidadosamente doblado, como si ya no quisiera llevárselo.

Dominic tragó saliva. Por primera vez en mucho tiempo, la casa se sintió demasiado grande. Sacó el teléfono del bolsillo y marcó su número.

Una vez.

Dos veces.

Nada.

La tercera llamada fue directamente al buzón; apretó la mandíbula.

—Contesta el maldito teléfono, Rosaura…

Pero ella no respondió. Dominic bajó lentamente el celular. Y fue justo ahí… Rodeado por el silencio de una casa donde Rosaura ya no estaba esperándolo... Cuando comenzó a sentir algo que no había sentido en años.

Vacío...

***

—¿Por qué no lo firmé…? —golpeé la frente contra el mostrador una y otra vez—. ¿Qué me pasa…?

Tak. Tak. Tak.

—Eh… señora… aquí está su bebida.

Levanté apenas la mirada sin despegar la cara del bar. El líquido dentro del vaso era transparente, con los bordes cubiertos de sal y algo rojo que no reconocí.

Con las pocas fuerzas que me quedaban, tomé el vaso y me lo llevé a la boca como si fuera jugo.

El alcohol bajó, quemándome la garganta.

—¡Arg! —tosí arrugando el rostro—. ¡¿Qué demonios es esto?!

El bartender me observó con cierta incomodidad.

—Usted pidió lo más fuerte que teníamos.

Asentí lentamente, indicándole que se fuera.

Quería estar sola.

Patética, divorciada a los veintiocho años. Solté un pequeño eructo y dejé caer otra vez la frente sobre el mostrador.

Genial, Rosaura. Simplemente genial.

Seguro ahora sería el chiste favorito de toda mi familia.

La esposa perfecta a la que dejaron por su propia hermana.

Solté una risa amarga.

—¡Oiga! —levanté la voz tambaleándome un poco sobre el asiento—. Quiero otra… más fuerte.

El bartender dudó unos segundos antes de asentir y alejarse, mi mente siguió dando vueltas.

Rebecca…

Ahora tendría el hijo de Dominic; solté otra pequeña risa irónica. Sonaba absurdo, ridículo. ¿Cómo se suponía que debía competir contra eso?

Durante años alejé mujeres de Dominic: modelos, empresarias, hijas de políticos, mujeres hermosas que intentaban acercarse a él, y al final… Terminé perdiendo contra mi propia hermana. Mi propia sangre, la niña que prácticamente ayudé a criar.

Cerré los ojos con fuerza. Qué estúpida fui.

El bartender regresó dejando otro vaso frente a mí. Esta vez el líquido oscuro soltaba pequeñas burbujas. Tomé aire antes de beberlo todo de un solo trago. Sentí otro ardor horrible bajar por mi garganta.

—Ese desgraciado… —Carraspeé con fuerza.

Dejé el vaso vacío sobre el mostrador.

—Dejé mi carrera… mis amigos… toda mi vida por él…

Las imágenes regresaron a mi cabeza otra vez: Dominic abrazando a Rebecca, su mano sobre su vientre, la manera en que la miraba, con cuidado, con cariño, como jamás me miró a mí. Sentí la garganta cerrarse; una lágrima cayó sobre el mostrador.

Después, otra.

—¿Por qué…? —susurré quebrándome lentamente—. ¿Por qué…?

En medio de mi llanto, sentí algo cálido cubrir mis hombros; me sobresalté. Levanté apenas la cabeza, todavía mareada por el alcohol, y entonces lo vi.

Y por un segundo… Olvidé cómo respirar; era ridículamente apuesto.

Las luces del bar parecían caer directamente sobre él, iluminando el cabello oscuro que le rozaba ligeramente la frente. Alto. De hombros anchos. Elegante incluso usando ropa sencilla. Una camisa negra de cuello alto moldeaba su cuerpo con demasiada perfección.

Su piel canela contrastaba con aquellos ojos marrón claro que me observaban con una tranquilidad extraña.

Parpadeé una vez.

Dos.

¿Era real?

Porque sinceramente parecía un maldito dios salido de una película.

—La noche es demasiado peligrosa para que una mujer tan hermosa esté sola en un lugar como este.

Su voz era profunda.

Suave.

Elegante.

Me quedé inmóvil unos segundos antes de mirar a ambos lados, confundida. Pero no. Definitivamente me estaba hablando a mí, el hombre sonrió apenas al notar mi reacción.

Y Dios…

Hasta sonriendo se veía irreal.

—¿Disculpe…? —pregunté señalándome torpemente.

Él asintió lentamente.

—La he estado observando desde hace rato, señorita. —Sus ojos recorrieron mi rostro con calma—. Y, para serle honesto… me preocupa verla en ese estado.

Fruncí ligeramente el ceño. —¿Me… estaba observando?

—Es difícil no hacerlo cuando alguien bebe tequila como si estuviera intentando suicidarse lentamente.

Solté una pequeña risa nasal. —No intentaba suicidarme…

Mi voz salió rota.

El hombre pareció notarlo enseguida; su expresión se suavizó apenas.

—Entonces alguien debió romperle el corazón esta noche.

Aquello me hizo reír otra vez, pero esta vez la risa salió mezclada con lágrimas.

—¿Tan obvio es?

—Un poco.

Desvié la mirada avergonzada.

Qué humillante.

Primero, mi esposo me engañaba con mi hermana.

Y ahora estaba llorando frente a un desconocido absurdamente atractivo.

Perfecto.

Simplemente perfecto.

El hombre tomó asiento a mi lado con tranquilidad, sin invadir demasiado mi espacio.

—Déjeme adivinar —murmuró—. ¿Un hombre idiota?

Solté una risa amarga.

—El más idiota de todos.

—Entonces no merece verla llorar así.

Mis dedos se aferraron lentamente al vaso, no sabía por qué… Pero escuchar eso dolió más de lo que esperaba, porque Dominic jamás me había dicho algo así.

Ni una sola vez...

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