Capítulo 2

Me quedé sentada frente al pollo que había preparado para Dominic. Las velas seguían encendidas, el pastel intacto, los cubiertos perfectamente acomodados. Y aun así, la casa se sentía vacía. Bajé lentamente la mirada hacia mis manos.

Otra vez... Me había dejado otra vez. Parpadeé varias veces intentando contener esa presión horrible en el pecho.

Qué tonta… ¿Por qué seguía sorprendiéndome?

Cinco aniversarios, cinco años intentando convencerme de que Dominic solo estaba ocupado. De que era frío por naturaleza. De que algún día volvería a mirarme como antes.

Solté una risa baja y amarga; ni siquiera sabía cuándo había empezado a mentirme tanto. Una lágrima descendió lentamente por mi mejilla. La limpié rápido antes de que cayera sobre la mesa.

—No llores, Rosaura… —murmuré—. Todavía es tu aniversario.

Tomé aire profundamente y forcé una sonrisa que no duró ni dos segundos. El silencio de la casa comenzó a asfixiarme, así que tomé mi teléfono y llamé a Rebecca.

Una vez.

Dos veces.

Nada.

A la tercera llamada entró el buzón.

"Hola, habla Rebeca; por favor, deja tu mensaje y no molestes."

Colgué el teléfono chasqueando los dientes. ¿Dónde estará Rebeca? Tenía entendido que su cita era temprano, ¿por qué no responde mi llamada?

¡Arg!, no quise darle vueltas al asunto, tomé mi bolso y también salí de la casa; si iba a pasar la noche de mi aniversario sola, al menos que sea en un lugar que me haga olvidar lo patética esposa que soy.

Tomé mi auto y salí rumbo a la villa frente al mar que tenía junto a mi esposo; suelo venir aquí cuando Dominic tiene que irse por viajes de trabajo.

Me tomó menos de una hora en llegar, me estacioné y cuando salí del auto, noté el auto de Dominic estacionado en la entrada; fruncí el ceño. ¿Que no estaba en el trabajo?

Tiré la puerta y me asomé a su auto, miré a través de la ventana, pero todo estaba bien, o eso quería pensar. Sentí un vuelco en el estómago y una molestia se prendió en mi cabeza. Miré hacia arriba y entré con mucho cuidado para no ser oída. Al llegar, lo primero que vi fueron unos tacones rojos en la estantería, junto con los zapatos de mi Dominic.

—¿Qué está?...

Risas de mujer se oyeron en el piso de arriba.

—Vamos, Dominic, no me dejes así...

Esa voz...

Dejé mis cosas con cuidado en el mesón de la cocina, me quité mis zapatos y subí con delicadeza las escaleras. Las luces estaban apagadas. Cuando llegué al piso de arriba, todo está quieto, silencio.

Debo de estar alucinando. Me paso la mano por el cabello, frustrada.

—¡Dominic! Ten cuidado, o vas a lastimar al bebé...

¿Qué?... El mundo se paralizó, sentí un frío caer en mi cuerpo.

Caminé en puntillas hasta la habitación, con mucho cuidado empujé lento la puerta y... la imagen que tenía al frente era peor que todas las que había tenido que presentar durante cinco años... ¿Rebeca?

—Tranquila, al bebé no le pasará nada si su madre y yo compartimos tiempo juntos.

«¿Dominic?...» Se me escapó un susurro...

Rebeca, mi hermana de sangre... estaba acostada en el regazo de Dominic; él acariciaba con delicadeza los mechones de su cabello, mientras que con la otra mano acariciaba su barriga.

—Mis padres estarán encantados cuando se enteren de que tendremos un hijo... ¡Y si es varón! —Rebeca se levantó entusiasmada.

Dominic savizó su mirada y sostuvo sus hombros con cuidado de no romperla —Cariño. Si es niño o niña, a ambos los amaré, no importa qué sea.

Aquello tranquilizó a Rebeca y volvió a recostarse en su regazo. —Pero yo quiero que sea un varón, así podré restregárselo en la cara a la tonta de mi hermana.

Sentí un puñal clavado en mi corazón.

—Rebeca...

—Ya sé lo que vas a decir, pero no quiero seguir escondiéndome. —Rebecca levantó la mirada hacia Dominic—. Estoy cansada de verla caminar por todos lados como si realmente fuera la señora Collins.

Dominic no respondió de inmediato. Se limitó a acariciar lentamente el brazo de Rebecca mientras ella soltaba una risa amarga.

—Cinco años… —Murmuró ella—. Cinco años viéndola ocupar un lugar que nunca le perteneció.

—Rebecca…

—No. —Se apartó un poco de él—. Tú sabes que tengo razón.

Dominic guardó silencio.

Y ese silencio fue suficiente para que una presión horrible aplastara mi pecho. Rebecca bajó la mirada hacia sus propias manos antes de hablar otra vez.

—Estoy harta de tener que esconderme mientras ella vive feliz creyendo que tiene el matrimonio perfecto.

Dominic soltó un suspiro cansado. —Las cosas no son tan simples.

Rebecca alzó la mirada de golpe.

—¿Qué tiene de complicado? —preguntó con frustración—. Hace años que ustedes dejaron de ser marido y mujer.

Sentí el cuerpo entumecerse.

—Rebecca, por favor…

—Ni siquiera la amas. —Su voz salió más baja esta vez, pero mucho más cruel—. Nunca la miras como me miras a mí.

Dominic desvió la mirada unos segundos.

—Baja la voz.

—¿Por qué? ¿Te preocupa que alguien nos escuche? —Rebecca soltó una pequeña risa—. Ya estoy cansada de ser la sombra de Rosaura. —Se acercó otra vez a él y tomó su mano lentamente. —Quiero estar contigo sin escondernos.

Dominic la observó en silencio.

—Que nuestro hijo nazca en un matrimonio feliz... con sus padres juntos...

Dominic llevó una mano hacia su rostro y apartó suavemente un mechón de cabello detrás de su oreja, un gesto pequeño, íntimo, natural, y fue justo eso lo que terminó de romperme.

Porque en cinco años… Dominic jamás me había mirado de esa manera. Un dolor punzante inundó mi pecho, no podía respirar, todo a mi alrededor daba vueltas... sin interrumpirlos... me di la vuelta... ¿Y para qué? ¿Qué ganaba yo con hacer una escena?

Llegué hasta mi auto y me senté en el asiento del piloto, puse mis manos sobre el volante, me quedé mirando a la nada, solté el aire que había contenido por tantos años... Quise moverme, reaccionar, pero mis movimientos se volvieron lentos, pesados... dolorosos... Miré hacia la calle, estaba oscuro... Solo... solo tenía un lugar donde ir. Prendí el motor y arranqué de vuelta a mi casa, a la mansión Collins. Al llegar, la escena de la cena perfecta chocó con mi realidad; mis dedos soltaron el bolso, di un paso arrastrando y mi cuerpo dejó de reaccionar.

Sentí mis músculos entumecerse, caí al suelo, mi respiración se cortaba, miré a todos lados, pero no había nada que no mirara y me resultaba una mentira...

¿Divorcio?...

Con dificultad me levanté y caminé hacia nuestra habitación, la que no habíamos compartido en mucho tiempo. Busqué en sus cosas y justo en sus cajones de ropa encontré los papeles del divorcio...

Solté una risa cínica:"Ya veo... ya lo tenías preparado desde hace mucho tiempo".

La voz de mi hermana resonó en mi cabeza, la manera como se envolvía con Dominic, de una forma en que ni yo misma en cinco años pude hacerlo porque él no me lo permitía...

La manera como sonreía, como le hablaba, como él tocaba su panza, instintivamente yo toqué mi panza...

Ese era mi sueño, ser madre... pero él jamás pudo cumplir mi deseo, porque nunca me tocó.

Cinco de matrimonio no fueron nada, nunca lo fueron, entonces, ¿qué hago yo aquí?

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