A este punto, ni yo misma me reconozco.
Me quedo mirando el techo desconocido, atrapada en un torbellino de pensamientos que amenazan con desahuciar mi mente. No sé qué me dolía más: haber descubierto la traición de mi esposo, el hombre que creí el amor de mi vida entera; la puñalada traicionera de saber que me había sido infiel con mi propia hermana menor, mi propia sangre; o, simplemente, la humillación de sentirme tan tonta por no haberlo visto desde un principio.
Sí, todos me lo decían diar