Salí corriendo por la puerta de servicio con el pánico pisándome los talones. Los pies descalzos me dolían horriblemente; sentía cómo las pequeñas espinas y las asperezas del suelo me pullaban los talones a cada paso, pero no podía detenerme. Sentía que el corazón se me iba a salir del pecho en cualquier momento. Corrí como si me fuera la vida en ello hasta que, por fin, llegué a una estación de taxis y abordé uno directo a mi residencia.
En cuanto llegamos, pagué la carrera apresuradamente y e