Mundo ficciónIniciar sesión—Nunca volví a verla. —Su voz salió más baja esta vez, más distante.
—Crecimos juntos. Nuestros padres eran cercanos, así que prácticamente pasábamos todos los días juntos. —Soltó una pequeña risa nostálgica—. Me gustó desde el primer momento en que la conocí. Lo miré con curiosidad. Él continuó: —Estábamos en kínder cuando nuestros padres nos presentaron. Ella se rio de algo absurdo… y yo terminé riéndome solo porque ella lo hacía. No pude evitar sonreír apenas. —Eso suena bastante tierno. —Lo era. —Asintió lentamente—. Pero cuando empezamos la primaria, su familia tuvo que mudarse. Su mirada bajó hacia el vaso entre sus manos. —Antes de irse, me prometí que algún día la buscaría. Hubo un pequeño silencio. Después soltó una risa amarga. —Y cuando finalmente la encontré… ya estaba casada. Mi sonrisa desapareció lentamente; entonces entendí algo: la forma en que hablaba. La tristeza tranquila en sus ojos. Ya no parecía aquel hombre encantador y seguro de sí mismo que me había encontrado en el bar. Ahora solo parecía alguien que también había amado demasiado tarde. Alcé lentamente mi vaso. —Bueno… entonces brindemos por eso. Él me miró apenas sorprendido antes de levantar también el suyo. Los vasos chocaron suavemente. Tomé un pequeño trago mientras bajaba la mirada hacia el líquido dentro del cristal. Y sin darme cuenta… Comencé a hablar. —Yo también me casé con el amor de mi vida. Mi voz salió más baja de lo que esperaba, apreté un poco más el vaso entre mis dedos. No llores. Por favor… no llores. —Durante cinco años creí que simplemente era un hombre demasiado ocupado. —Solté una pequeña risa sin humor—. Pensé que amaba más su trabajo que cualquier otra cosa… y aunque dolía, aprendí a aceptarlo. Sentí el ardor detrás de mis ojos. Levanté ligeramente la cabeza intentando contener las lágrimas. Pero fue inútil. —Y hoy descubrí que no era eso. —Mi voz se quebró apenas. —Resulta que simplemente no me amaba. —El silencio de la sala se volvió pesado. —Me engañaba… —Continué tragando saliva—. Con la persona que menos imaginé. —Las lágrimas comenzaron a caer lentamente por mis mejillas. —Y ella está embarazada de él. —Sentí el pecho cerrarse otra vez. —Mientras yo pasé cinco años intentando ser una buena esposa… ellos llevaban todo este tiempo viéndome la cara de estúpida. Tomé otro sorbo intentando controlar mi respiración. Qué vergonzoso. Ni siquiera entendía por qué estaba contándole todo eso a un desconocido. —Lo siento… —Murmuré limpiándome rápido las lágrimas. Pero él negó suavemente con la cabeza. —No tienes que disculparte. Su voz salió tranquila, sincera. Y eso solo hizo que quisiera llorar más.Solté una pequeña risa amarga. —Supongo que los matrimonios simplemente son así, ¿no? —murmuré encogiéndome apenas de hombros—. No todos tienen finales felices. —Carraspeé intentando recomponerme. —Y está bien… tampoco tienen que ser perfectos. Volví a beber otro pequeño sorbo. Después negué lentamente con la cabeza. —Yo ya no creo en el amor perfecto... Hubo un pequeño silencio entre nosotros. Él no apartó la mirada de mí ni un segundo. —Quizás… —Murmuró con suavidad— Eso solo significa que aún no encontrabas el amor que merecías. Alcé lentamente la cabeza. Y otra vez sentí esa extraña sensación de quedarme atrapada en su voz; era tranquila, elegante. Demasiado cálida para alguien que apenas acababa de conocer. Él se inclinó apenas hacia mí, lo suficiente para que pudiera percibir el suave aroma de su perfume mezclado con el ligero olor del alcohol. Mi respiración se volvió irregular. —Quisiera ayudarte a olvidar esta noche… aunque sea un poco. Su mano rozó lentamente mi mejilla. El contacto fue suave. Cuidadoso. Como si temiera romperme. Cerré los ojos apenas un segundo, sintiendo el corazón golpearme con fuerza dentro del pecho. —Yo… no creo que esto sea buena idea… —Susurré débilmente. Él soltó una pequeña risa baja. —Entonces deja de pensar tanto por esta noche. Sus frentes quedaron apenas separadas. Y por primera vez en mucho tiempo… No me sentí sola. Sus labios se movían contra los míos con una cadencia que me robaba el aliento, deshaciendo los nudos de mi garganta y el peso de mis desgracias. Cuando me subió a su regazo, el contacto de su cuerpo contra el mío me hizo soltar un gemido ahogado; la evidencia de su deseo era un recordatorio de que, en ese instante, yo era lo único que importaba para él. —Tranquila... —Susurró sobre mi boca, notando mi titubeo ante la confesión de mi falta de experiencia—. No tienes de qué avergonzarte. Déjame enseñarte lo que es pertenecerle a alguien que te desea así. Me recostó en la cama con una delicadeza que contrastaba con el fuego que emanaba de su piel. Se situó entre mis piernas, abriéndolas con la suavidad de quien descubre un tesoro. Su mano bajó, buscándome, y cuando sus dedos rozaron mi intimidad, sentí un espasmo que me hizo arquear la espalda. Era una caricia húmeda, firme, que me hacía vibrar desde el centro de mi ser hasta la punta de los dedos. —Eres perfecta —murmuró él, observando cómo mis ojos se ponían en blanco ante su tacto. Él se deshizo de su ropa con movimientos ágiles, revelando un cuerpo esculpido por la fuerza y la determinación. Al sentir su piel desnuda contra la mía, el calor fue casi insoportable, una necesidad abrasadora de acortar cualquier distancia. Se posicionó, sus ojos fijos en los míos, buscando mi consentimiento en el silencio de la habitación. Lentamente, comenzó a entrar en mí. Sentí una presión desconocida, un llenado que me hizo contener el aliento; era una sensación de plenitud absoluta. Él se detuvo un segundo, permitiendo que mi cuerpo se acostumbrara a su tamaño, a su calor, antes de dar la primera estocada profunda. —Mírame... —pidió con voz ronca. Comenzó a moverse con un ritmo hipnótico. Cada vez que se hundía en mí, sentía una descarga eléctrica que me recorría la columna. No era solo sexo; era una colisión de almas. Mis manos se aferraron a sus hombros, mis uñas marcando su piel mientras el placer empezaba a nublar mi juicio. El sonido de nuestros cuerpos chocando, el roce de su pecho contra mis senos y la intensidad de sus embestidas me llevaron a un estado de éxtasis que jamás creí posible. Él no se contenía. Se alineó conmigo, ajustando cada ángulo para que el placer fuera máximo, y yo me abandoné por completo a sus movimientos, disfrutando de la fuerza y la pasión de aquel hombre que, por una noche, había logrado que el resto del mundo dejara de existir.






