Abrí los ojos lentamente. Al principio la visión era borrosa, desenfocada, hasta que lo primero que logré distinguir fue un techo blanco y ajeno. Solté un suspiro pesado, sintiendo todo mi cuerpo como si fuera de plomo, como si no hubiera dormido en semanas enteras.
Intenté voltearme para hundir de nuevo la cara en la almohada, pero de inmediato el sonido estridente de la alarma rompió el silencio. Era un chirrido fuerte, chillón y molesto. Sentí una punzada de rabia instantánea, una rabia que