(Pensamientos de Rowan)El despacho todavía olía a ella.Me quedé de pie frente al ventanal mucho después de que Vanesa Hayes cerrara la puerta, con la ciudad extendiéndose abajo como un tablero de ajedrez que ya no sabía cómo jugar. Ese perfume artesanal, la misma fórmula exacta que había buscado durante cinco años en cada perfumería de cada ciudad a la que viajé por negocios, preguntando a vendedoras que me miraban como si estuviera loco. Y ahora ese aroma caminaba por los pasillos de mi propia empresa, vestido con un uniforme administrativo barato, mintiéndome en la cara con una serenidad que debería haberme indignado y que, en cambio, me fascinaba.Lysandra se había marchado pocos minutos después que ella, reclamando por la junta general. Mejor así, necesitaba estar a solas con mis pensamientos antes de fingir normalidad frente a los accionistas.Apreté el puente de la nariz. Tenía treinta y cuatro años, dirigía un imperio que empleaba a más de dos mil personas, y no podía control
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