Quinientos veinte años después de aquella noche que lo cambió todo.Nuevo Amanecer ya no era una colonia. Era un mundo vivo. Los bosques dorados cubrían valles enteros, brillando con una luz suave que se veía desde el espacio. Las ciudades se habían integrado completamente con la naturaleza: casas que crecían junto a los árboles, puentes hechos de raíces vivas y caminos que respetaban el latido del planeta. La humanidad había aprendido, por fin, a no dominar, sino a escuchar.Lira XLIII, de treinta y un años, caminaba descalza por un sendero elevado que serpenteaba entre las copas de los árboles dorados. Su cabello negro caía en ondas salvajes hasta la cintura, y sus ojos conservaban ese brillo plateado-dorado que definía a su linaje. A su lado caminaba su pareja, Kael XXIV, de treinta y tres años, y su hija menor, Nova XI, de quince años.—Quinientos veinte años —dijo Lira XLIII, tocando una hoja dorada que brilló en respuesta a su contacto—. Y este mundo ya tiene su propio ritmo.No
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