Cuatrocientos sesenta años después de aquella noche que lo cambió todo.
La Estación Orbital Dorada ya era el corazón de una nueva era. Los árboles dorados crecían en invernaderos antigravedad, sus frutos se distribuían entre colonias lunares y las primeras bases marcianas. El legado había dejado de ser terrestre para convertirse en un sueño interestelar.
Lira XXXVII, de treinta y un años, flotaba en el Observatorio Principal, contemplando la inmensidad negra salpicada de estrellas. Su cabello n