La mano gigante y caliente de Alexander seguía apretando mi cuello. Sentí un vacío en el estómago tan grande que casi me desmayo ahí mismo de puro terror.Sus palabras de amarrarme con cadenas eran como veneno puro. Me daban muchísimo pánico.—¡No! ¡Por favor, Alexander, no me hagas esto! —lloré con todas mis fuerzas, intentando quitar su mano de mi piel.Pero tocar sus dedos largos y duros solo me dio una corriente eléctrica por todo el cuerpo. Mi corazón latía muy rápido, ¡tum, tum, tum, tum! Parecía que iba a explotar.Él olía a menta y peligro, ese olor que me volvía loca de amor, pero que ahora me daba un miedo gigante. Su pecho inmenso y musculoso estaba pegado a mi espalda temblorosa.—Te lo mereces, Emma —susurró él en mi oreja, con su voz profunda y ronca que me dio escalofríos—. Eres la hija del monstruo que me arruinó la vida.Mi papá, amarrado en la silla de metal oxidado en el centro del sótano frío, levantó la cabeza muy despacio. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y de
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