La mano gigante y caliente de Alexander seguía apretando mi cuello. Sentí un vacío en el estómago tan grande que casi me desmayo ahí mismo de puro terror.
Sus palabras de amarrarme con cadenas eran como veneno puro. Me daban muchísimo pánico.
—¡No! ¡Por favor, Alexander, no me hagas esto! —lloré con todas mis fuerzas, intentando quitar su mano de mi piel.
Pero tocar sus dedos largos y duros solo me dio una corriente eléctrica por todo el cuerpo. Mi corazón latía muy rápido, ¡tum, tum, tum, tum!