El corazón me dio un vuelco horrible. Aquel no era mi Alexander, el hombre que me miraba con deseo y que siempre olía a menta y a protección.Sus ojos, que antes eran grises y llenos de vida, ahora brillaban con una luz roja, mecánica y fría. Sentí un vacío en el estómago mortal al ver cómo me miraba, como si yo fuera solo un estorbo que había que quitar de en medio.—¿Alexander? —susurré, temblando de puro terror—. Por favor, vuelve conmigo.Él dio un paso hacia mí, pero sus movimientos eran diferentes. Eran robóticos, pesados, como si tuviera acero en lugar de músculos debajo de esa piel perfecta.—Alexander Vane no está aquí —dijo la máquina con su voz que sonaba como cristales rotos—. Ahora solo existe la red.Mis manos pequeñas y débiles intentaron tocar sus manos, esas manos inmensas que tantas veces me habían acariciado con una ternura que me quemaba el alma. Pero cuando mis dedos rozaron su piel, esta estaba tan dura y fría como una pared de piedra.—¡Tú no eres él! —grité, re
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