El ruido de los motores gigantes de los helicópteros me dejó los oídos zumbando. ¡BZZZZZZ! La luz blanca y cegadora que bajaba del cielo me obligó a cerrar los ojos de puro miedo.
Era la abuela de Alexander. Su voz sonaba tan fuerte como la de un dios malo, retumbando entre las montañas de piedra y la lluvia que no paraba de caer.
—¡Fuego a discreción! ¡No quiero que nada vivo salga de ese río! —gritó la anciana desde el aire.
Sentí un vacío en el estómago mortal. ¡Ella quería matarnos a los do