La pistola pesaba una tonelada en las manos inmensas de Alexander. Él la sostenía con una fuerza tan brutal que sus nudillos se pusieron blancos como la nieve.
Sus ojos grises, que antes me miraban con pasión y deseo, ahora estaban nublados por un dolor varonil tan inmenso que me rompió el alma. Sentí un vacío en el estómago mortal al ver cómo ese cañón frío apuntaba directo a mi pecho.
—¡Hazlo ya, Alexander! —gritó el abuelo, riéndose con una maldad asquerosa que me hizo temblar—. ¡O ella muer