El día avanzó lento, lleno de una pesadez que parecía contagiar cada rincón de la enorme casa de Nueva York. La noche finalmente llegó, pintando el cielo de un azul oscuro. Dentro de la propiedad, el silencio era casi absoluto. Rodrigo no había regresado de la oficina, lo cual, lejos de preocupar a Gabriela, le daba un momento de paz que necesitaba con urgencia. Gabriela caminaba por el pasillo del segundo piso. Sentía una opresión en el pecho que no la dejaba tranquila, como si las paredes de la mansión se le vinieran encima. Sin planearlo, sus pasos la llevaron directamente hacia la habitación más cálida del lugar: el cuarto de Santiago. La puerta blanca estaba apenas entreabierta, dejando salir una luz suave. Gabriela se detuvo en el umbral y miró hacia el interior. Sentado en su cama de sábanas azules, el pequeño Santiago escuchaba atento un cuento. A un lado, la niñera le leía con voz pausada, tratando de hacerlo pegar los ojos. Gabriela se quedó allí, quieta, observando la
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